Esta mañana, mientras trataba de vencer el sopor y subirme al coche para ir al trabajo, descubrí que la puerta del conductor de mi Kadett no se abría más allá del tercio del tamaño de un micropene.

Qué raro, pensé. Claro que, como todavía andaba un poco dormida, tampoco me di cuenta de la causa hasta varios intentos después: la aleta delantera, esta vez la del lado del conductor, estaba hundida y deformada a causa de un buen golpe.

Afortunadamente esta vez ha sido sólo cosa de chapa. Bueno, y que no iba yo dentro del coche durante el transcurso del incidente.

Por cierto, ha sido un golpe anónimo. Básicamente significa que nadie me ha dejado una nota diciéndome

«Creo que te he abollado el coche.»

Ni siquiera, como ha sugerido un compañero de trabajo, me han dejado una nota diciéndome

«Tu coche ha atacado espontáneamente al mío y, como consecuencia de su violenta imprudencia, se ha hecho daño en una aleta.»

Cabrones.

Iba a hacer una foto esta tarde de los destrozos, pero mi padre lo ha reparado antes. Le ha salido la vena TolkiEnana y ha cogido su martillo de arreglar chapa.

Suena extraño, pero la verdad es que mi padre hace maravillas con ese martillo. Ha quedado bastante bien.

En fin, a lo que iba: me siento como si tuviera una especie de Síndrome de Raikkonen en Contrafase. Básicamente consiste en que, en lugar de dejarme a mí destrozar el coche, ya lo hacen los demás por mí.

Cabrones.